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Agustín, el mar y la Cruz: Cómo navegar las tormentas de nuestra vida

  • Writer: Andrea Isabel Sotelo Guadalupe
    Andrea Isabel Sotelo Guadalupe
  • Jan 2
  • 3 min read

Existen palabras que atraviesan los siglos no solo por su belleza, sino porque logran nombrar una verdad profunda de nuestra alma. San Agustín, en su Comentario al Evangelio de san Juan, nos ofrece una imagen que es, al mismo tiempo, un diagnóstico de nuestra condición y una promesa:

«Si uno viese desde lejos su patria y estuviese separada por el mar, vería adónde ir, pero no tendría medios para llegar. Así es para nosotros… Anhelamos la meta, pero está de por medio el mar de este siglo… Ahora, sin embargo, para que tuviésemos también el medio para ir, ha venido de allá aquel a quien nosotros queremos llegar… y nos ha proporcionado el navío para atravesar el mar. Nadie puede atravesar el mar de este siglo, si no le lleva la Cruz de Cristo… No abandonar la Cruz, ella te llevará».
mar tempestad

Al profundizar en estas líneas, es inevitable preguntarse: ¿qué significa realmente no poder atravesar el mar de este siglo? Agustín nos pone frente a una travesía que no elegimos, pero en la que estamos inmersos.


Pensemos por un instante en el simbolismo del mar. Para la conciencia antigua, y también para nuestra experiencia espiritual, el mar representa lo desconocido, la profundidad inexplorada y, sobre todo, lo que no podemos controlar. Navegar era, muchas veces, sinónimo de perderse o de enfrentar una fuerza temperamental que superaba cualquier capacidad humana. Pero si miramos más allá de lo físico, descubrimos que el «mar de este siglo» es el escenario de nuestras tempestades particulares: nuestros pecados, esos obstáculos personales que parecen insalvables y los resentimientos que agitan nuestras aguas internas. Es un mar que presenta las tentaciones propias de nuestros tiempos, y a menudo, nos descubrimos desfalleciendo ante la magnitud de las olas.

Sin embargo, el pensamiento de Agustín da un vuelco transformador en la segunda parte del texto: «si no le lleva la Cruz de Cristo».


Es fundamental detenerse en el matiz teológico del «le lleva». Agustín no nos invita simplemente a llevar la Cruz, como quien carga una obligación pesada sobre sus hombros. La revelación aquí es que es la Cruz la que nos lleva a nosotros. No somos nosotros sosteniendo el madero para que no se pierda; es el madero el que nos sostiene para que no nos hundamos. La Cruz se convierte en ese lugar de redención completa, plena y eterna; es el navío que nos permite habitar el mar sin ser devorados por él.


Esta es la misma línea de pensamiento que encontramos en San Pablo cuando describe su misión:

«Mirad que ahora yo, encadenado en el espíritu, me dirijo a Jerusalén, sin saber lo que allí me sucederá…» (Hechos 20, 22).

Pablo no es un hombre que simplemente viaja; es un hombre llevado. Está «ligado» a una voluntad que es más grande que sus propios planes. Es ese mismo Espíritu el que nos guía y nos conduce a lugares donde necesariamente no esperábamos estar: a un país distinto, a un trabajo nuevo, o a una decisión que transforma nuestra existencia. Es el Evangelio llevándonos a donde debe ser predicado, incluso a través de nuestras propias limitaciones.

Anhelamos la meta, ese horizonte de paz que vislumbramos a lo lejos, pero nos sentimos atrapados por nuestros propios obstáculos. La esperanza radica en que Jesús no solo nos señaló la orilla, sino que nos dio la herramienta para alcanzarla.


Que en este nuevo año podamos dilucidar con claridad el mar en que debemos navegar, con la certeza de que, si no abandonamos la Cruz, ella nos llevará triunfantes a través de nuestras propias tormentas.

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